18 de juliol, 2010

Torna l'hortet!!!!!!


Cultivar hortalizas, el nuevo rock and roll (la Vanguardia)

RAFA RAMOS (corresponsal a UK)

La tribuna sur de Viacarage Road, el campo de fútbol del Watford, da
sombra a centenares de pequeñas parcelas donde los habitantes de
esta ciudad dormitorio de la capital cultivan sus propias frutas y
hortalizas orgánicas. En tiempos de recesión –incluso algunos hablan
ya de depresión- se vuelven a poner de moda los placeres más
sencillos y baratos, y nada tan terrenal como la agricultura.

La muy inglesa tradición de que los urbanitas alquilen pequeños lotes
de tierra se remonta a la época victoriana, como una estrategia
paternalista de los aristócratas para mantener contentas y
entretenidas a las clases trabajadoras, y alejarlas de los excesos del
pub en la medida de lo posible. El propio término que se utiliza
–allotment- implica algo otorgado desde arriba como un favor o
beneficio de la magnánima autoridad.

"Los beneficios de cultivar aunque sólo sea un pequeño trozo de
tierra no son tan sólo nutritivos o económicos, sino también culturales
y psicológicos, una especie de alimento del alma de una manera
primitiva y peculiar, típicamente británica", dice Ben Macintyre. Está
demostrado históricamente que la demanda de este tipo de parcelas,
que lo mismo se encuentran entre bloques de apartamentos que al
lado de un aparcamiento o un campo de fútbol, aumenta en tiempos
de crisis. Durante la segunda guerra mundial, haciendo caso a la
recomendación de Winston Churchill de que el país tenía que ser lo
más autosuficiente posible para hacer frente a la amenaza nazi, el
número de lotes alcanzó el millón y medio.

Los rigores e incertidumbres de la recesión son poca cosa en
comparación con los de la guerra, pero han resucitado el entusiasmo
por el contacto íntimo con la tierra, el ritual de plantar las alcachofas y
regar los tomates, la rutina de pasar por el huertecillo una vez al día -
o a la semana- para arrancar las malas hierbas.

"Da una sensación de autonomía y libertad, de que en el peor de los casos uno puede
ingeniárselas para sobrevivir con sus propias frutas y verduras",
explica Anne Millar, que paga menos de un euro a la semana por uno
de los lotes de Vicarage Road, entre el estadio y el típico barrio inglés
de modestas casas adosadas.

El dinero que cuesta el alquiler de las parcelas es meramente
simbólico, lo difícil es conseguirlas, sobre cuando la demanda es
grande como ahora (hay más de cien mil personas en lista de espera).
El "National Trust" (una organización benéfica dedicada a la
preservación de los espacios naturales y edificios de interés, que es el
principal propietario privado de tierra en el Reino Unido), acaba de
anunciar la constitución de mil nuevos lotes repartidos en cuarenta
localidades Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Los interesados se
registran en una base de datos online que les informa cuáles son los
terrenos más próximos a su lugar de residencia.

El millón y medio de parcelas que había después de la segunda guerra
mundial fue disminuyendo durante las décadas siguientes de la mano
del bienestar y la prosperidad, hasta quedar reducidas a las actuales
trescientas mil. A finales de los noventa, cuando cultivar las propias
verduras era visto como una excentricidad en pleno boom de los
alimentos exóticos procedentes de cualquier lugar del mundo,
doscientos mil lotes vacantes por los que nadie se interesaba ni
aunque fuesen gratis fueron vendidos por los ayuntamientos, los
Ferrocarriles Nacionales (British Rail) y la Iglesia de Inglaterra para la
construcción de pisos subvencionados.

"Los hábitos e intereses de la gente están cambiando con la recesión
–señala Fiona Reynolds, del "National Trust"-, la crisis del materialismo
se traduce en un apego por la familia, la tierra y el cultivo de los
propios alimentos, y no sólo para ahorrar dinero". Además de la
creación de nuevas parcelas, la organización ha lanzado una campaña
a fin de reclutar un "ejército de voluntarios" que ayuden al
mantenimiento de sus jardines, visitados por catorce millones de
personas al año.

Los allotments o parcelas están vallados, se miden en rods (una
medida antigua que equivale a unos cinco metros y medio), y es
común que tengan una caseta construida de macera barata en la que
guardar el pico, la pala, las tijeras de podar, las semillas y los abonos.

Aunque se trata de una institución muy vinculada al clasismo típico de
la sociedad británica -los pequeños lotes del populacho lindando con la
fabulosa finca del Señor local-, existen conceptos parecidos en Francia
(los jardins familiaux), Dinamarca (kolonihave) o Alemania
(schrebergarten). Albert Einstein alquiló a principios de los años veinte
un jardincillo en Berlín-Spandau al que se refería como su "castillo",
pero pronto se cansó y se dedicó a los números en vez de las
lechugas.

Cultivar la tierra, aunque sea como hobby y de manera simbólica, se
ha vuelto cool, un grito de individualismo en la vorágine de una crisis
financiera que nadie parece capaz de controlar, ni los banqueros ni los
políticos. "Es la expresión de valores más simples y puros –dice
Matthew Wilson, que se dedica a la planificación de jardines-, del
placer de regar el huerto en vez de salir a cenar a un restaurante de
lujo. Es el nuevo rock and roll".