23 de desembre, 2009

La necesidad de lo femenino para el cambio


La sostenibilidad ecológica se basa en la consideración de los límites, en los modelos de cercanía, en la descentralización, la complejidad y la autoorganización de los ecosistemas que buscan incesantemente un equilibrio dinámico. Las sociedades humanas sostenibles no son ajenas a esta estrategia. Para alcanzar la sostenibilidad resulta ineludible superar la solución individualizada o fragmentaria de los problemas y necesidades, por lo que sostenibilidad y salud comunitaria van de la mano. En este contexto, la inteligencia colectiva es una estrategia capaz de generar alternativas y construir un nuevo espacio de supervivencia. Los procesos de reflexión y actuación que involucran al conjunto de la sociedad proporcionan una ventana para soñar e inventar un modelo de organización social y económica que encare la crisis que ha causado vivir de espaldas a la Naturaleza y al resto de las personas.

La puesta en valor de algunos modos tradicionalmente asociados a lo femenino puede trascender los cimientos patriarcales del mal desarrollo y transformarlos. Permite redefinir la verdadera productividad como algo vinculado a la producción y mantenimiento de la vida y no como un tótem de la actividad económica capitalista que la destruye.

Los trabajos de las mujeres están orientados a la satisfacción de necesidades sin que estén mediados por ningún objetivo intermedio, mientras que en el mercado de trabajo, lo central es que se produzcan beneficios monetarios. El trabajo en el mercado está orientado a la obtención de resultados económicos, pero la satisfacción de necesidades para mantenerse vivo es una tarea que no tiene fin. La vida es un proceso continuo de autogeneración, en el que la necesidad de nutrición, higiene, caricias y cuidados no termina nunca. Por ello, en los trabajos de la naturaleza y de las mujeres los procesos son tan importantes como los resultados y este hecho constituye una característica diferenciadora respecto al trabajo en el mercado como venta de tiempo de vida al servicio de la generación de beneficios.

El trabajo que las mujeres han realizado históricamente les ha obligado a anteponer los intereses familiares colectivos a sus intereses personales, al contrario del Homo economicus, que compite con el resto de individuos para obtener lo que necesita. El sujeto protagonista del trabajo femenino no es individual sino colectivo. No es la suma de mujeres individuales, sino mujeres integradas en redes de cuidados. Las mujeres han adquirido una gran capacidad de trabajo en red con otras mujeres de la familia, del vecindario o amigas que se han apoyado mutuamente para cuidar, atender la casa, recibir consejo, prestarse dinero, objetos o alimentos, etc. Esa capacidad de generar trabajo en red y para satisfacer necesidades colectivas es central para construir una sociedad basada en la vida.

Las mujeres, además, tienen una gran capacidad para simultanear y diversificar actividades frente al criterio masculino de la especialización. Su trabajo, además de la componente afectiva y emocional, se caracteriza por la realización de múltiples tareas al mismo tiempo, una gestión constante de los tiempos y los espacios y por la polivalencia de los conocimientos necesarios. Ante un hipotético colapso estas habilidades serían esenciales, mientras que quizás la sobreespecialización pudiera resultar inútil.



Librarse del mal desarrollo: el ecofeminismo, una propuesta de cambio

El ecofeminismo es un proyecto político, ecológico y feminista a la vez, que legitima la vida y la diversidad, y que quita legitimidad a la práctica de una cultura de la muerte que sirve de base solamente a la acumulación de capital.

El camino hacia la sostenibilidad implica librarse de un modelo de desarrollo que lleva a la destrucción. Por ello el ecofeminismo es un movimiento activo y solidario en las luchas de resistencia mundiales al supuesto modelo de progreso y desarrollo que impone la globalización y que se basa en la maximización de beneficios monetarios a corto plazo, aunque sea a costa de la salud de las comunidades humanas y de los ecosistemas.

El proyecto ecofeminista se centra en la organización económica y política de la vida y el trabajo de las mujeres y plantea alternativas viables que pasan por la mejora de las condiciones de vida de las mujeres y de los pobres. La actividad de las mujeres como tejedoras de la vida se ha manifestado en múltiples ámbitos. Las mujeres Chipko, las madres palestinas que son escudos humanos y no bombas humanas, las mujeres europeas que no meten productos transgénicos en sus cazuelas, la recomposición del hogar el día después de un bombardeo en Iraq, el mantenimiento de la cohesión familiar en un campo de refugiados, son ejemplo de la ampliación de su ámbito de lucha desde lo doméstico.

Los hombres “han hecho la historia”. Ahora, son las formas de hacer de la naturaleza y los valores femeninos los que tienen que encargarse de corregirla y enderezarla. Toca que los hombres los asuman y se involucren haciéndose corresponsables en el mantenimiento de la vida y de los cuidados.


Bibliografía

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Pérez Orozco, A. 2006:Perspectivas feministas en torno a la economía: el caso de los cuidados. Consejo Económico y Social. Madrid.

Naredo, J.M. (2006):Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas. Siglo XXI. Madrid.

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Novo, M. (2006):El desarrollo sostenible: su dimensión ambiental y educativa. Madrid Pearson, Prentice Hall.

Vandana S. (2005): Cómo poner fin a la pobreza. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=15959

Cambiar las gafas


Cambiar las gafas con las que vemos el mundo... para cambiar las manos con las que lo hacemos

Durante mucho tiempo el feminismo ha luchado por alcanzar niveles de igualdad de derechos con los hombres en diferentes sociedades. Siendo obvia la necesidad de alcanzar la igualdad para que las mujeres sean miradas y sus relatos sobre la vida y la historia cuenten, también es evidente que asumir y defender el modo de vida masculino dictado por las necesidades del mercado y su lógica de la acumulación, no va a resolver ninguna de las dos profundas crisis que amenazan la vida tal y como la conocemos. Para sobrevivir con equidad necesitamos cambiar la mirada sobre una buena parte de los aspectos que vertebran las sociedades actuales y buscar otras formas de organización.

Los arcaicos dualismos que dividen la realidad en pares de opuestos y la jerarquía que implican deben ser superados. Es preciso provocar cambios que generen un tránsito desde la cosmovisión en Occidente hacia una nuevo pensamiento integrador y superador de dicotomías. En este sentido, las propuestas que emanan de la sinergia entre ecologismo y feminismo ofrecen un espacio a explorar para alcanzar un modo de vida en paz con el planeta y con todas las personas.

El concepto de desarrollo y progreso que configuró nuestra cultura y que ha impuesto en el resto del mundo, va asociado a un crecimiento económico ilimitado y al aumento constante de la productividad. El crecimiento se basa en la extracción de materiales y deterioro de los ecosistemas, en la explotación de la mujer y en el expolio de los territorios de los pueblos indígenas. La productividad y crecimiento ilimitado, presentados como positivos en sí mismos, progresistas y universales, son en realidad patriarcales, destruyen el medio ambiente, generan enormes desigualdades sociales y, además, no se pueden mantener durante mucho tiempo, ya que la base material sobre la que se sostienen, el planeta, es limitada. Por tanto, hay que relacionar el deterioro ecológico con el crecimiento económico, nombrar al desarrollo como destrucción y poner las bases de la riqueza de la vida en el territorio y su capacidad para mantener la vida, y no en los indicadores monetarios que tanta distorsión perceptiva producen.

En este sentido, el ecofeminismo, sobre todo en los países del Sur cuestiona la categoría occidental de pobreza. De acuerdo con lo que plantea Vandana Shiva (2005), el modelo de desarrollo basado en la economía de mercado, considera que las personas son pobres si comen cereales producidos localmente por las mujeres en lugar de comida basura procesada, transformada y distribuida por las multinacionales del agrobusiness. Se considera pobreza a vivir en casas fabricadas por uno mismo con materiales ecológicos como el bambú y el barro en lugar de hacerlo en casas de cemento y PVC.

Mientras tanto, las sociedades occidentales, a pesar de tener un mayor acceso a bienes superfluos, hemos aumentado la pobreza ambiental y social. Vivimos en un entorno más contaminado, aumentan las alergias de extraño origen, respiramos un aire más sucio, comemos alimentos regados con aguas contaminadas, abonados con productos químicos, producidos por animales enfermos y torturados, no tenemos tiempo para dedicar a las personas que queremos, trabajamos en cosas que no nos gustan, viajamos cada día mucho tiempo para llegar a nuestro empleo, nos vemos obligados a pagar hasta para que los niños jueguen y la mayor parte de la población vive endeudada con los bancos, si es que no formamos parte de la población que carece de vivienda o de acceso a recursos básicos.

Como hemos visto, la organización social debe dejar de tener los mercados como epicentro y centrar la atención en las personas y en los procesos que sostienen la vida, buscando nuevos caminos en la intersección de la economía, el feminismo y la ecología.

El mercado capitalista, central en la organización social de nuestra cultura, es una estructura pensada para quien no tenga que ocuparse de nadie y que además cuente con alguien que le cuide (al igual que ocurre con muchos ámbitos de participación social o de activismo). No tener que ocuparse de nadie es lo que se considera normalidad y las políticas de conciliación son parches para adaptar la excepción de tener que cuidar de los otros. Por ello, es preciso cambiar la concepción del trabajo e introducir matices como trabajo monetarizado y no monetarizado, trabajo dentro de casa y trabajo fuera de casa, trabajo útil y trabajo inútil, trabajo para la sostenibilidad y trabajo contra la sostenibilidad, de modo que seamos capaces de distinguir entre el trabajo que produce vida y el que ha declarado la guerra a la naturaleza y a las personas. Debemos construir unos modos de supervivencia respetuosos con la tierra y con las necesidades humanas, en los que mujeres y hombres compartan las cargas y los beneficios de todas las actividades que nos permiten vivir.

Frente al ciclo trabajo-ocio regulado por la producción y el consumo, la sostenibilidad supone tiempos de trabajo que respeten los ciclos de la vida, tanto los ciclos de regeneración del medio natural como los ciclos vitales humanos (procreación, infancia, vejez) o los ciclos diarios de actividad y descanso.

El cambio de mirada también implica realizar una reflexión y debate profundo sobre las necesidades humanas y las consecuencias que tiene para la sostenibilidad ecológica y social las diferentes estrategias escogidas para resolverlas. No es sostenible supeditar los cuerpos, las emociones, el sexo o el cariño a la acumulación de objetos y deudas que engrosan las empresas a costa, por ejemplo, de la capa vegetal o del cuidado de las personas. Las necesidades emanan de la interrelación entre la persona, el medio y el resto de personas y no de las multinacionales que fabrican objetos y servicios y los imponen para satisfacer supuestas necesidades. No se puede pensar en un proceso de definición y satisfacción de necesidades en el cual las personas no sean protagonistas.

Las personas no pueden ser divididas en independientes o dependientes, sino que somos inter y ecodependientes. Todos los seres humanos pasamos indefectiblemente por períodos de fuerte dependencia. Si bien es cierto que la infancia, los mayores o las personas con alguna discapacidad dependen para subsistir de los cuidados que otras personas les dan, no lo es menos que los trabajadores sobreocupados en el mercado y aquellos hombres que por el rol de género que adoptan no son capaces de resolver muchas de sus necesidades básicas son grandes consumidores de energías cuidadoras y por tanto enormemente dependientes.

Deuda ecológica y deuda de los cuidados


Como vemos, desde una perspectiva de género, se pueden establecer paralelismos interesantes entre las problemáticas y propuestas feministas y las ecologistas.

La huella ecológica es un indicador que traduce a unidades de superficie lo que un estado, una comunidad o una persona consume y los residuos que genera. Según este indicador, si todos los habitantes del planeta tuviesen el estilo de vida similar a la media de la ciudadanía española, se necesitarían tres planetas para sostener ese nivel de consumo.

Paralelamente, cabría hablar de la huella de los cuidados de las mujeres como indicador que evidencia el desigual impacto que tiene la división sexual del trabajo sobre el mantenimiento y calidad de vida humana. La huella de los cuidados es la relación entre el tiempo, el afecto y la energía amorosa que las personas necesitan para atender a sus necesidades humanas reales (cuidados, seguridad emocional, preparación de los alimentos, tareas asociadas a la reproducción, etc.) y las que aportan para garantizar la continuidad de vida humana. En este sentido, el balance para los hombres sería negativo pues consumen más energías amorosas y cuidadoras para sostener su forma de vida que las que aportan. Por ello, desde el feminismo, puede hablarse de deuda de los cuidados, como la deuda que los hombres han contraído con las mujeres de todo el mundo por el trabajo que realizan gratuitamente. Esta deuda es paralela a la deuda ecológica que los países ricos tienen con los países empobrecidos debido al desigual uso de los recursos y bienes naturales, así como la desigual responsabilidad en el deterioro y destrucción del medio físico.

dones i doble jornada

Una vez conquistados los derechos (hablamos de los países ricos) de acceder a los mercados de trabajo remunerados, las mujeres se introducen masivamente en el mercado laboral. La posibilidad de que las mujeres sean sujetos políticos de derecho se percibe como algo vinculado no sólo a la consecución de la igualdad ante la ley, sino también a la consecución de independencia económica a través del empleo. El trabajo doméstico pasa a verse como una atadura del pasado de la que hay que huir lo más rápidamente posible. Sin embargo no es un trabajo que pueda dejar de hacerse: comer, habitar con una mínima higiene, vestirnos, cuidar a los niños, a los enfermos, a las personas dependientes, mayores o no mayores, hablar con los profesores, hacer la compra, llevar la contabilidad de la casa, continúa siendo una tarea imprescindible cargada de emociones, de sentimientos, cuya falta de atención lastra a las mujeres con un fuerte sentimiento de culpa.

Lo que sucede, es que una vez dentro de la rueda del empleo remunerado, las mujeres mayoritariamente asumen una doble tarea. La construcción de la identidad política y pública de las mujeres se realiza a partir de la copia del modelo de los hombres, sin que estos asuman equitativamente su parte del trabajo de cuidar. De este modo, una mujer que quiere mantener un empleo tiene que tener una mínima infraestructura que la sustituya en sus tareas del hogar durante su jornada, además de la parte de estas tareas que ella misma realizará después de su jornada laboral.

La dedicación de los tiempos al mercado ha supuesto una quiebra de la antigua estructura de los cuidados, de la reciprocidad que garantizaba que las personas cuidadas en la infancia eran cuidadoras de la ancianidad. Hasta hace poco, la mujer, en sus diferentes roles de hija-esposa-madre era cuidada o cuidadora en los diferentes momentos del ciclo vital. No así el hombre, que participando del mercado laboral recibía cuidados a lo largo de toda la vida (infancia, edad adulta, vejez, etc.) sin considerarse responsable de cuidar.

Ahora los tiempos son para el mercado y las personas dependientes cada vez tienen más dificultades para que sus necesidades sean atendidas. Esta situación se produce, además, en un momento de crisis del estado de bienestar de los países enriquecidos, en el que se desmantelan o privatizan los servicios públicos que daban cierto apoyo a esas tareas de los cuidados.

En el marco de la globalización, cada vez se precarizan más los empleos asociados a los cuidados, cuyo negocio sigue la misma lógica del beneficio del resto de negocios. Se generan así mercados de servicios para las mujeres que pueden pagarlos y mercados de empleos precarios para mujeres más desfavorecidas.

Se crea así una cadena global de cuidados en la que las mujeres inmigrantes asumen como empleo el cuidado de la infancia, de las personas mayores y discapacitadas o la limpieza, alimentación y compañía, dejando al descubierto estas mismas funciones (nos referimos a cuidados tanto materiales como emocionales) en sus lugares de origen, en donde otras mujeres, abuelas, hermanas, etc. las asumen como pueden.

De este modo, de la misma forma que los países ricos se apropian de las materia primas, de la fuerza de trabajo remunerado y de los territorios de todo el mundo, ahora también sustraen sus afectos.

La quiebra del sistema que cada comunidad había adoptado para cuidarse o ser cuidados es lo que se denomina crisis de los cuidados. De nuevo se cumple la misma regla que en la crisis ambiental: los países empobrecidos pagan las carencias de los países ricos a pesar de que en los primeros las estructuras tradicionales de cuidados se mantienen en mayor medida.

Las consecuencias de la invisibilidad: crisis ambiental y crisis de los cuidados

Cuando algo es invisible, no puede verse su destrucción. La invisibilidad de la dependencia de las sociedades humanas de las producciones de las mujeres y de la naturaleza, claramente funcional a los mercados, ha conducido a lo que son los dos mayores problemas que afrontan los seres humanos: la crisis ambiental y la crisis de los cuidados.


La crisis ambiental

El planeta Tierra es un sistema cerrado. Eso significa que la única aportación externa es la energía solar (y algún material proporcionado por los meteoritos, tan escaso, que se puede considerar despreciable).

Hace ya más de 30 años, el conocido informe Meadows, publicado por el Club de Roma, constataba la evidente inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus consumos. Alertaba de que si no se revertía la tendencia al crecimiento en el uso de bienes naturales, en la contaminación de aguas, tierra y aire, en la degradación de los ecosistemas y en el incremento demográfico, se incurría en el riesgo de llegar a superar los límites del planeta, ya que el crecimiento continuado y exponencial sólo podía darse en el mundo físico de modo transitorio.

Más de 30 años después, la humanidad no se encuentra en riesgo de superar los límites, sino que los ha sobrepasado y se estima que aproximadamente las dos terceras partes de los servicios de la naturaleza se están destruyendo ya.

El fin de la era del petróleo barato está a la vista. Cada vez se va agrandando más la brecha entre una demanda creciente y unas reservas que se agotan y cuya dificultad de extracción aumenta. Hoy día, no existen alternativas energéticas que puedan mantener la demanda actual y mucho menos su tendencia al crecimiento. Las guerras por el petróleo y las fuentes de energía fósil no han hecho más que comenzar.

El cambio climático, provocado por el aumento descontrolado de la emisión de gases de efecto invernadero, incrementa las alteraciones y perturbaciones catastróficas. Estos gases son vertidos a la atmósfera sobre todo por los diversos artefactos creados para el transporte de personas y mercancías, así como por la desregulada actividad industrial de empresas. Las inundaciones, sequías, alteraciones en los ritmos de las cosechas, en la polinización, en la reproducción de multitud de especies vegetales y animales, el derretimiento de los casquetes polares, el aumento de huracanes, tempestades y alteración de los vientos del planeta son parte de los efectos de haber lanzado a la atmósfera en las últimas décadas una gran parte del carbono que el planeta almacenó durante cientos de miles de años.

El ciclo del agua se ha roto y el sistema de renovación hídrica que ha funcionado durante miles de años, no da abasto para renovar agua al ritmo que se consume. La sequía en muchos lugares ha pasado a ser un problema estructural y no una coyuntura de un año de escasas precipitaciones. El control de los recursos hídricos se perfila como una de las futuras fuentes de conflictos bélicos, si no lo es ya.

El panorama de deterioro se completa si añadimos los riesgos que suponen la proliferación de la industria nuclear, la comercialización de miles de nuevos productos químicos no testados cada año, sin que se apliquen las más mínimas normas de precaución, la liberación de organismos genéticamente modificados cuyos efectos son absolutamente imprevisibles, o la experimentación sin control social en biotecnología y nanotecnología que nadie sabe dónde puede llevar.

Los efectos de la crisis ambiental afectan en mayor medida a los países empobrecidos. De no actuar radicalmente, la degradación de los servicios de la Naturaleza empeorará durante la primera mitad del presente siglo haciendo imposible la reducción de la pobreza, la mejora de la salud y el acceso a los servicios básicos para una buena parte de la humanidad.

El hecho cada vez más consciente de que la actual sociedad de sobreconsumo es incompatible con la posibilidad de mantener las condiciones que posibilitan la vida a los seres humanos es lo que se ha dado en llamar crisis ambiental.

La acumulación contra la sostenibilidad

El dinero como medida del valor permite la acumulación. En los mercados capitalistas, la obligación de acumular determina las decisiones que se toman sobre cómo estructurar los tiempos, los espacios, las instituciones legales, el qué se produce y cuánto se produce. En la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas, sino lo que da beneficios y, si es necesario, se crea la necesidad previamente a través de la poderosa maquinaria del marketing y los medios de difusión. Por ello, en nuestra sociedad da igual producir cebollas o armamento con tal de que den beneficios.

Desde el punto de vista de la sostenibilidad, la economía debe ser el proceso de satisfacción de las necesidades, de mantenimiento de la vida. Si prima la lógica de la acumulación y la obtención de beneficios monetarios, mantener la vida y cuidar a las personas no son la prioridad de la economía. El cuidado de la vida humana pasa a ser una responsabilidad que se delega a los hogares y, dado el orden de cosas, mayoritariamente en las mujeres. Ni los mercados, ni el estado, ni los hombres como colectivo se sienten responsables del mantenimiento último de la vida. Son la mujeres, organizadas en torno a redes femeninas en los hogares más o menos extensos (abuelas, madres, tías, hermanas, etc.), las que responden y las que finalmente actúan como reajuste del sistema. Ellas son el colchón del sistema económico, frente a todos los cambios en el sector público o privado, ellas reajustan los trabajos no remunerados para seguir garantizando la satisfacción de las necesidades y la supervivencia de la especie. Incluso en muchas culturas rurales llevan el peso central en los trabajos de abastecimiento.